miércoles, 1 de agosto de 2018

El esfuerzo y la vocación

Si buscamos “esfuerzo” en el diccionario, este lo define como el “empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades” o también como el “empleo de elementos costosos en la consecución de algún fin”. Por otro lado, seguro que muchos de nosotros/as hemos oído o nos dijeron cosas del estilo “esfuérzate por lo que quieres buscas/deseas”. O, más enfático aún, “si te esfuerzas duro, serás alguien en la vida” (como si ahora mismo no fueses nadie, dicho sea de paso…).

Y es que desde aquello de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, suerte de decreto asociado al judeocristianismo, que las generaciones que nos precedieron -y las que los precedieron a ellos- tomaron como una verdad establecida, sin cuestionar ni reflexionar acerca de lo que estaban asimilando al hacerlo, el esfuerzo ha calado bastante en el inconsciente colectivo de muchas sociedades, y cuando eso pasa, tiende a convertirse en información que comienza a tomar vida y transferirse entre inconscientes a través de las cadenas genealógicas como un valor dado y tomado por osmosis. Esto hasta que hay quien comienza a examinarlo, cuestionarlo y resignificarlo, por supuesto.

De la definición y de nuestra experiencia vemos que la noción de esfuerzo usualmente viene asociada a algo pesado, gravoso, a vencer resistencias, al sacrificio, etcétera. Es como si tuviese aparejada de por sí alguna clase de carga que hubiese que soportar lo suficiente para conseguir algo (ser alguien en la vida, un objetivo, encontrar tu vocación y lugar en el mundo, etc.).

Pero… ¿es útil la noción de esfuerzo a la hora de hablar de vocación? Si entendemos vocación como todo aquello en que nos sentimos llamados/as a poner nuestras energías y corresponde a la forma en que mejor se expresa nuestra alma (ser interior, espíritu, esencia…) instante a instante, entonces afirmo que la respuesta es no. ¿Por qué? Pues simplemente porque se trata de no perder la conexión con lo que naturalmente emana de la esencia en nosotros, y eso siempre es natural, fluido y no requiere de ningún tipo de esfuerzo ni sacrificio asociado. Es más, muchas veces posicionarnos desde un lugar de deber/obligación (“tengo que ser/hacer/lograr tal o cual cosa”) sólo contribuye a limitar o bloquear dicha conexión, que viene “de fábrica”, dicho sea de paso.


Quizás todo es más simple de lo que pensamos.
A raíz de los condicionamientos recibidos desde que nacemos (y desde antes, con el “proyecto sentido”) y luego reforzados por la información transgeneracional de nuestro árbol, la cultura y el sistema educativo, es común observar que la mente se inquieta mucho al pensar que desplegar y expandir nuestra vocación es lo más simple, fluido y directo del mundo, y que no hay un esfuerzo ni un gravamen implicado: “¿Pero cómo va a ser tan simple, si llevo 10/20/30 años viviendo/estudiando/trabajando y todavía no sé bien lo que me gusta?”. Y es que hemos sido tan condicionados en el esfuerzo que a la mente le inquieta bastante salir de ese esquema y abrirle el paso a lo simple, a lo directo. “Pero, ¿cómo? O sea, ¿dejo de estudiar/trabajar/hacer cosas y me siento en el sofá a ver televisión y a esperar que todo me “llegue del cielo”?” es la típica pregunta que puede surgir entonces en nuestras mentes. La respuesta es que no necesariamente. Quizás alguien hizo eso mismo y salió con alguna(s) idea(s) genial(es), ¿quién sabe?, pero sí que puede sernos adecuado el posicionarnos en un lugar de no esfuerzo y desde allí dedicarnos tiempo a sentir, a sentirnos y a observar qué hay en nosotros/as cuando dejamos de lado los “tengo que” (“...ser brillante en la escuela, ser el mejor en lo que hago, estar posicionado antes de los 30, cumplir las expectativas de mi familia, tener mi vida resuelta lo mas pronto posible...") y los “debo de” ("...ser exitoso, ser popular, cumplir con el perfil requerido por otros, tener prestigio, ser reconocido…") ya que todo esto no son sino formas de condicionar y limitar el flujo vital que fluye por nosotros/as y que es infinito e ilimitado más allá de las formas con las que se presente. Detrás de un “tengo que” y de un “debo de” hallamos un mandato externo -que hemos incorporado como propio- de origen transgeneracional, social o cultural y que es necesario transgredir para encontrarnos con nosotros mismos/as.


Los muros hablan ...
A fin de cuentas, el esfuerzo no es sino un malentendido que cargamos innecesariamente a la hora de encarnar lo que llamamos vocación. ¿Significa esto que no se requiere constancia, fuerza, valentía, vitalidad, actividad, coherencia, capacidad de sostener energías y movimientos internos en el tiempo? De ningún modo. En un camino vocacional estas serán cualidades que requeriremos pero el lugar desde el que surgirán será completamente diferente, ya que no provendrán de la obligación, del deber, o de encajar en patrones de perfección autoimpuestos o tomados de fuera y eso les otorga una cualidad totalmente distinta. Las claves no están en el “qué” ni en el “cómo”, sino en el “Desde Dónde”: en el Desde Dónde hacemos lo que hacemos. Si estamos situados en el lugar interno adecuado, el qué y los cómos se presentarán naturalmente (y de paso nos desafiarán a soltar los miedos que hemos alimentado hasta entonces). Si esto no sucede es porque estamos intencionando desde el esfuerzo -desde el “debo” o “tengo que”- o bien aún no nos hemos tomado el tiempo ni la oportunidad de observarnos, sentirnos y (re)descubrirnos para encontrar en nosotros esa chispa que surge naturalmente y que nos conecta sin escalas con la pasión, el entusiasmo y la alegría de vivir y compartir nuestra esencia aquí, en la tierra y en 3D.

El esfuerzo surge cuando hacemos en desconexión de nuestro ser, obedeciendo a parámetros ajenos a su naturaleza que hemos ido acumulando inadvertidamente. Cuando simplemente somos -y la vida se manifiesta desde allí- no hay esfuerzo. En último término una vocación es simplemente eso: permitir que la vida/la fuente/el universo/dios(a) se manifieste a través de nosotros/as, ya que el poder de crear también está aquí, en nosotros. Y sí, viene “de fábrica”.
 
Si te haces preguntas como “Y yo, ¿para qué soy bueno/a?”, “¿Cuál es mi vocación?”, “¿Cuál es mi pasión? ¿Cómo o a través de qué actividad puedo conectar con mi felicidad?” Aquí hay algunas sugerencias que podrían orientarte:

-Ten en cuenta que el ser viene primero, y el hacer surge desde ahí. En otras palabras, ¿te preguntaste quién estás siendo? ¿Eres quien en el fondo sabes que eres (sí, lo sabes. No te engañes!) o te guías por mandatos? sean estos lealtades inconscientes hacia tu clan, normas sociales, académicas, religiosas, estándares culturales… todas aquellas distracciones del propio potencial.

-No olvidar que siempre tenemos un sistema de guía interna. ¿Cómo te sientes con aquello en lo que pones tu energía? ¿Te sientes pleno, expansivo, apasionado, gozoso, extático, feliz, con deseos de compartir, desaparece el tiempo? Si es así, de seguro que aquello dice mucho de ti y de lo que tienes para compartir y expandirte. Cuando nuestra alma está involucrada vibra en frecuencias como éstas.

-Si no sientes nada de eso en lo que haces ni experimentas alegría al invertir tu energía en ello, dedícate tiempo a ti mismo para observar desde dónde lo haces. Es muy posible que lo estés haciendo desde un mandato que has introyectado (“tengo que”, “debo de”).

-Cuando estamos en el flujo de nuestra alma, podemos cansarnos pero jamás experimentaremos hastío, desazón, ni llegaremos a casa o a la cama agotados con la sensación de que nos han chupado la energía. Si te ocurre frecuentemente esto último, con toda certeza que hay algo en lo que haces que no armoniza con lo que mueve a tu alma. Es un indicador, puesto que cuando lo que somos/hacemos esta en sintonía con ella, las leyes tradicionales de la física se invierten y mientras más hacemos, más energía y entusiasmo tenemos para embarcarnos en nuevos proyectos. Podemos cansarnos, sí, pero los niveles de energía se mantienen altos y en flujo continuo.

-Muchas veces no es lo que hacemos, sino desde dónde lo hacemos lo que marca una total y completa diferencia. No siempre te has equivocado de actividad, sino que simplemente falta encontrar dentro de ella la forma en que tu ser se expresa. Por ejemplo, puede gustarme el piano clásico, pero la rigidez de un conservatorio no va conmigo -ya que también me gustan otras músicas y otras formas de abordar el estudio del piano- por lo que puedo buscar otro modo de hacer que el tocar piano sí sea resonante con lo que siento. Y si dicho modo no existe, puedo crearlo. No siempre encontraremos lo que buscamos en modelos preestablecidos.

-Observa que el modo en que hacemos algo pude cambiar con la práctica y la experiencia. No es estático, es dinámico. Algo que me apasiona y con lo que gozo hoy puede llevarme a otra cosa u a una manera diferente de hacerlo mañana.

-Ten en cuenta que una vocación no tiene por qué concordar necesariamente con lo que existe de la forma que existe. Puede ser algo nuevo, no visto o que no tenga relación con lo que se hace en estructuras establecidas (escuelas, mundo académico, mundo cultural, etc.).


Más agua. Para que no nos olvidemos de fluir.
Y finalmente, si no tienes idea de qué te gusta o cómo tu ser se expresa, puedes probar la siguiente dinámica:

Siéntate, tómate un tiempo para respirar profundo y observar tu respiración a medida que lo haces. Luego, anota en una hoja aquellas cosas que se te dan fluidamente y que traen aparejada una emoción de bienestar que se activa automáticamente cuando las haces (alegría, gozo, entusiasmo, pasión, éxtasis, etc.). Lo que anotes no tiene que ser sofisticado ni académico, sino muy simple y directo (ejemplos: bailar, conversar, enseñar, ser veloz, cuestionar, descubrir acertijos, comunicar algo a otros/as, ser payaso, analizar, etc.)  

Una vez que tengas frente a ti la lista de cosas, tómate el tiempo que necesites para que la pregunta “¿Qué puedo hacer con todas estas habilidades que se me dan naturalmente?” resuene en ti. Visualiza a continuación qué escena viene naturalmente a tu mente. No fuerces nada.

Observa como te sientes en la medida que esas imágenes se despliegan en tu interior. Permíteles mostrarse y expresarse. ¿Sentiste emociones expansivas, gozosas al ver las imágenes? Si es así, es seguro que aquello que viste dice mucho de ti y de cómo se expresa tu alma.  

Para finalizar, puedes preguntarte: ¿Te ves aplicando todo eso en alguna actividad? ¿En algo que hagas/inventes? ¿En cuál(es)? Anota tus resultados sin condicionarlos a que se ajusten o no a lo existente. Es posible que te lleves más de alguna sorpresa con lo que salga de ti en esta simple dinámica.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Lo amplio y lo específico: ¿Cómo se conjugan la astrología y la decodificación biológica?

Mirando al cielo, pero con los pies puestos en la tierra.
Tanto la astrología como el ámbito de la decodificación biológica pueden ser herramientas -junto a muchas otras- de enorme utilidad en cualquier proceso o camino de autodescubrimiento y transformación personal. En mi propia vida, por ejemplo, me ayudan decisivamente a ir encontrando la comprensión y los movimientos que cada paso del camino va requiriendo para poder transitarlo, trabajando así la integridad y la fuerza de la coherencia para recorrerlo de la mejor manera. He notado que muchas veces la inquietud/ansiedad desaparece cuando las piezas caen en su lugar y todo se reafirma lleno de propósito, como si todos los personajes, guiones y escenarios de esa suerte de “obra de teatro” que es finalmente la vida se hiciesen transparentes y dejasen entrever la experiencia y los maravillosos aprendizajes que esta encerraba, más allá de las formas o circunstancias con que se presentasen. Cuando esto sucede, he observado que la paz y la alegría retornan de inmediato a los corazones, antes silenciados por la marea mental del “¿por qué me pasa esto?, ¿por qué de esta manera? ¿qué hago? ¿y cómo lo hago?”. Es una confirmación instantánea y completa, un registro que se siente y no se olvida. Energético, completo y no una divagación mental.

Si bien esta toma de conciencia es instantánea y completa, muchas veces para llegar a ese punto parecemos requerir de un cierto proceso, que más prolongado o intenso será mientras más nos hayamos alejado del plan de vida que nuestra alma trazó, ya sea porque en algún punto nos quedamos anclados mirando al pasado o encerrados en nuestras propias fantasías o idealizaciones de cómo deberían ser las cosas. Cuando insistimos en quedarnos focalizados única y exclusivamente en el “pequeño yo”(que algunas personas llaman “ego”), que tiene como tendencia predilecta el ir a decirle a la vida cómo tendría que ser, incluso intentando “corregirla”, se nos dificulta mucho conectar en profundidad con el plan que nuestra alma ideó, por el sencillo motivo de que los intereses y prioridades del alma son bastante diferentes a las de aquellos personajes y “pequeños yoes” que todos/as tenemos por ahí.

Tomemos por ejemplo las relaciones de pareja. Está muy arraigada en el inconsciente colectivo de muchas culturas la idea de que “una relación de pareja es exitosa si dura una determinada cantidad de tiempo”, o dicho al contrario, que si una relación de pareja dura “poco”, entonces fue un fracaso. Estas son creencias culturales, basadas en la idea de asociar éxito a la permanencia de un vínculo, donde dicha permanencia en el tiempo se vuelve lo más importante. Y luego solemos tomar este criterio rígido como vara de éxito a aplicar en nuestras relaciones personales, con el consiguiente costo emocional si es que sentimos que no lo satisfacemos. Suena bastante absurdo en el papel, pero mientras no estemos encarnando con fuerza los intereses de nuestra alma, tendemos a dejarnos contaminar por este tipo de creencias. Y ni nos percatamos.

Y en realidad tal vez había un acuerdo de almas o una resonancia en que mediante esa relación trabajábamos la pérdida, la excesiva dependencia emocional, la ira, el poder, el manejo energético de la intensidad, de las emociones o de los celos, la conexión a todo nivel y no sólo física… tal vez cerrábamos un vínculo de muchas vidas que ahora cambia de forma y se transforma a una nueva realidad, quizás esa pareja nos ayudó a trabajarnos el apego/desapego, tal vez nos mostró que el amor tiene muy poco que ver con las formas, o había un acuerdo para desarrollar un proyecto común; quizás nos ayudó a entender vivencialmente que el amor no muere y sólo cambia de formas aunque la relación termine, o quizás simplemente estábamos experimentando el amor en el formato pareja. Estas pueden ser profundas experiencias con las que el alma vibre en su camino siempre expansivo y pueden tener muy poco que ver con los criterios con los que habitualmente nos manejamos. A veces esa relación tuvo un lugar puntual y preciso en un instante de nuestra vida y ya está, se vivió y se experimentó tal como podría ser y esto es un éxito tremendo que trae una dicha enorme a nuestra alma… pero allí estamos nosotros midiendo esa experiencia con varas o parámetros que poco o nada tienen que ver con esos propósitos profundos. En ocasiones ese encuentro de almas se vive exitosamente en un instante, en un día, en un año o en toda la vida. El tiempo –más allá de su uso práctico- no existe y lo que no existe no puede tener demasiada relevancia en el mundo de “lo que es”. El éxito de una experiencia depende de lo que identifiquemos como éxito. A menudo llamamos fracaso al éxito, o éxito al fracaso.

La carta astral nos da una mano en recordar por dónde va el plan original trazado por el alma para esta vida precisa y por dónde pueden presentarse los principales aprendizajes y desafíos en los que focalizarnos, ya que junto a ellos viene aparejada la mayor dicha (o, cuando menos, la paz interna), simplemente porque estaremos en sintonía con los propósitos de nuestra alma. Es como mirar al panorama “macro” en donde no hay coincidencias sino sincronías y procesos, donde no hay víctimas ni agresores, sino experiencias elegidas y donde no hay caos sino libertad dentro de un gran esquema.

Y por otro lado, la decodificación biológica y sus herramientas pueden orientarnos en el ámbito de lo preciso, de aquello que por el motivo que sea (bloqueos, fidelidades familiares inconscientes, cargas ajenas, miedos grabados en el inconsciente) pueda estar dificultándonos reconectar con ese plan de vida desplegado en la carta. Nos ayuda a desencadenar una toma de conciencia de los contenidos inconscientes que puedan dificultarnos asumir nuestra individualidad. Nos asiste en dar el paso que corresponda ahora mismo dentro de los posibles caminos de vida trazados y reflejados potencialmente en la carta natal. Ayuda a “aterrizar” lo macro dentro de lo preciso.

Si sabemos para dónde vamos y en qué consiste cada paso a medida que se va desplegando en nuestro presente, podemos transitar nuestro pasar por la vida mucho más en conciencia. Y la conciencia, como se sabe, trae aparejadas una paz y una alegría radiantes y expansivas, no condicionadas a las circunstancias, ya que emanan de nuestra alma.

jueves, 24 de mayo de 2018

La curación y el precio a pagar

Desde algún tiempo me resuena con fuerza una frase que oí en una conferencia de Virginia Blanes –disponible en Youtube-, algo que con certeza muchos/as hemos oído alguna vez: “todo tiene un precio”. En su momento me causo un poco de extrañeza dicha afirmación aplicada a un contexto de desarrollo/transformación individual, pero luego de vivir algunas experiencias personales muy intensas y maravillosas –que me exigieron soltar muchísimas resistencias a los cambios- se me hizo evidente lo que en el fondo aquella frase quiere decir en la práctica.
 

¿A qué viene todo esto? Pues bien, con la enfermedad sucede exactamente como indica esta frase y aquello podemos formularlo así: para curarnos hay un precio. La pregunta verdadera es entonces, ¿estamos dispuestos a pagarlo? Cuando se le pregunta a alguien si desea curarse de su enfermedad la respuesta que seguramente recibiremos el 100% de las veces es “Sí”. No obstante, detrás de esa pregunta se esconde la otra, cuya respuesta decidirá en muchos casos (sobre todo en enfermedades como el cáncer, por ejemplo, en que suele haber un conflicto intenso y sostenido en el tiempo) si esto ocurrirá o no: ¿qué precio estás dispuesto a pagar? Es en este punto donde comienzan a aparecer las resistencias, los “sí, pero…”, los “voy a pensarlo” y comienzan las dudas, los temores a soltar nuestra PERCEPCIÓN de cómo creemos que deben ser las cosas para abrirnos a lo desconocido; como mínimo a un cambio de percepción que lleve a experimentar de nueva forma todo lo que estamos viviendo ahora mismo, en nuestro mundo “interno” y en el “exterior”.
 
Pensemos por ejemplo en un enfermo de cáncer de páncreas. Desde la decodificación biológica sabemos que muchas veces estará relacionado con un conflicto asociado a una vivencia de algo ignominioso, una afrenta o “golpe bajo” que la persona no se esperaba, como por ejemplo una traición, una conspiración laboral, una estafa de un socio de la empresa que se va con el dinero, un engaño con vileza, etc. Si esta persona lleva enferma mucho tiempo, sabemos también que su conflicto está allí, sin terminar de resolverse (de no ser así, estaría sano). En consulta se descubre su gran enfado e ira hacia la persona involucrada en dicha traición, enojo que se niega a procesar y liberar (“mientras esa persona no se disculpe de rodillas, jamás perdonaré lo que me hizo. Está muerta para mí”). Pues bien, si esta actitud rígida sigue su curso y la persona no está dispuesta a pagar el precio consistente en el reencuadre y cambio de perspectiva de la situación que experimentó (la traición, en este caso) y abrirse en la terapia a considerar el aprendizaje implícito en lo que vivió y a resolver sus emociones de otra forma, soltando su esquema mental de creencias de cómo deben ser las cosas -“el otro debe pedirme perdón para yo estar bien”-, el síntoma seguirá siendo la respuesta perfecta con la que su cerebro automático gestione biológicamente el conflicto en el que se halla inmerso, en gran medida gracias a su sistema de creencias, que lo prolonga indefinidamente. (recordemos que la mayoría de las veces lo que nos enferma no es lo que nos ocurre, sino la percepción que tenemos y mantenemos de ello). En casos como este, debemos ser muy claros en mostrar que la curación pide un precio (cambio profundo de perspectiva, experimentar de un modo diferente una misma situación) para así responder con toda franqueza si estamos dispuestos a pagarlo o es demasiado elevado para nosotros y preferimos no hacerlo. Parte del aprendizaje de la enfermedad es afrontarnos con esta consulta y resolverla en conciencia. Y la conciencia es radical: sí o no. No hay “medias tintas”. La curación parte con un “sí” total, completo. Sin reservas.

La situación no es distinta en otros ámbitos: quien es dichoso y feliz ejerciendo su vocación, con certeza ha profundizado en aquellos dones que ahora comparte con el mundo y si esto le ha llevado a redefinirse, pues que así sea. En cualquier proceso de cambio que estemos transitando llegará un momento donde la vida nos preguntará: “¿estás dispuesto a pagar el precio que el cambio que deseas implica?” Para cambiar de estado debemos estar dispuestos a tomar aquellas experiencias que la existencia nos ofrecerá para desmontarnos lo que nos limita y obstruye. Ante esto nuestras personalidades se enfadarán y resentirán pues se verán contrariadas al constatar que ahora las cosas se harán de forma diferente a todo lo que tenían por verdades y seguridades absolutas. Esto, si bien puede ser muy incómodo, es un buen síntoma de que algo se está moviendo. Si somos capaces de seguir el proceso –y para esto el acompañamiento terapéutico resulta sumamente relevante- colaborando con dicho movimiento en vez de estorbarle, llegará un momento donde notaremos de que todo era mucho más simple de lo que creíamos y que el precio a pagar consistía en salir de la comodidad de nuestras aparentes certezas y seguridades.
 
Si queremos ir más allá de lo que percibimos como nuestras limitaciones, siempre habrá un precio a pagar, y que una vez hemos dado el “sí” a dicho proceso desde un lugar de totalidad sin reservas, veremos que en realidad solamente perdimos lo que ya no necesitábamos y que ganamos algo esencial; nos ganamos a nosotros mismos en nuestro poder y grandeza de espíritu. Sólo perdimos nuestras autosostenidas visiones de pequeñez con las que nos habíamos identificado. Y nos daremos cuenta de que el único precio a pagar era soltar nuestras ilusiones para abrazar la realidad de ver las cosas como simplemente son, y no como creíamos que tenían que ser. Es dejar de exigirle cosas a la vida para permitir que nos abrace en su infinita calidez y abundancia en la que tenemos todo lo que necesitamos en cada momento para vivir en nuestra paz.



sábado, 21 de abril de 2018

Comprendiendo la enfermedad

En una sociedad como la nuestra es muy común que el paradigma de enfermedad que hemos asimilado por simple permeabilización hacia lo que nos transmitieron nuestros padres, la familia, dicha sociedad o la cultura en que vivimos, se base completamente en el miedo. Miedo a la enfermedad, que en el fondo es miedo a lo desconocido, a lo que aún no se comprende. Cuando algo se comprende y asimila, deja de haber ese miedo desde el que las más increíbles distorsiones de lo que acontece se despliegan. De aquí se deduce que aún estamos inundados por una no-comprensión de la enfermedad, en la que ésta pareciese venir “de fuera” (como si hubiese un “fuera” absolutamente independiente de nuestra percepción). Donde se la considera como algo que uno se “agarró por ahí”, o “le tocó”, ya que “es el invierno”, o “fue un contagio”. En fin: como algo que a uno “le sucede”, y que aparentemente no tiene nada que ver con nosotros a nivel de nuestro psiquismo y emocionalidad con la que funcionamos y percibimos. 

No es extraño entonces que desde esta percepción fragmentada y distorsionada por una mirada empapada de miedo, se vean enemigos por todos lados o se recurra a toda clase de supuestos responsables de nuestros síntomas y problemas. Sin embargo, detrás de todo este panorama hay una creencia en particular que suele estar bastante enquistada y que es aquella que dice que la enfermedad es una “falla” o un “mal funcionamiento” biológico… como si la biología, luego de miles y miles de años cometiera “errores” (que nuestro supuesto conocimiento académico vendría a “corregir”). 


En decodificación biológica no hablamos de falla o malfuncionamiento. Hablamos de adaptación. Partimos desde un lugar muy distinto, en donde no hay errores ni atacantes, sino simplemente respuestas adaptativas de supervivencia, que nuestro organismo despliega en clave biológica (el síntoma) ante cierta entrada de datos de tipo conflictivo (sobrestress) que no pudo ser gestionada de manera consciente por nosotros, y que tuvo entonces que ser atendida por nuestro soporte biológico, ya que su prioridad es nuestra supervivencia instante a instante. Dicho “en simple”: partimos de considerar la enfermedad como una respuesta adaptativa de supervivencia, desencadenada por nuestro cerebro automático ante un sobrestress que por el motivo que sea no pudimos/supimos gestionar y que rebasó los límites de tolerancia que él maneja como adecuados para la supervivencia en ese momento. Una entrada de datos inusual que, de mantenerse podría volverse desequilibrante y amenazante para nuestro funcionamiento y que el cerebro entonces se ve obligado a atender, adaptándonos biológicamente allí en donde se requiera y de forma tal que este requerimiento pueda ser gestionado por el tiempo que sea necesario. 



De aquí se siguen muchísimas implicancias que muestran por qué esta perspectiva es realmente un paradigma diferente. Veamos algunas de ellas:

Cambio de paradigmas
Para empezar, esto destierra nuestro ideario de que en la vida somos “víctimas de lo que pasa”, como si eso que ocurre fuese completamente ajeno a nosotros. Al ser la enfermedad una respuesta de adaptación, necesariamente tengo que preguntarme: “¿adaptación a qué? , ¿Qué es eso que “se me pasó” o que no estoy manejando conscientemente para que mi biología haya tomado el mando como último recurso?”. Esto ya empieza a situar la responsabilidad de lo acontecido donde se requiere que esté: en nosotros mismos, ya que nuestra vida la creamos nosotros, a través de nuestros proyectos de vida -que es lo que reviso con ayuda de la carta astral-, nuestras emociones, creencias, y pensamientos (conscientes y, sobre todo, inconscientes). En resumen: las vivencias son propias de cada uno/a. Son nuestra responsabilidad.

Segundo y muy importante, es notar que si estamos enfermos es porque algo no estamos gestionando de manera consciente y coherente, como para que nuestro cerebro automático haya tenido que intervenir. De aquí es directo observar que el/los shock(s) emocional(es) conflictual(es) con el que se ha desencadenado el proceso que llamamos enfermedad tenemos que ir a buscarlo(s) al inconsciente, hacia donde una de las puertas de entrada más directas es la emoción, lo que se siente y dónde se siente. Naturalmente me refiero a la emoción visceral profunda, por debajo de las emociones más superficiales (que suelen venir condicionadas por lo sociocultural y “políticamente correcto”. En consulta indagamos en lo que hay más allá de estas). El origen de la enfermedad hay que ir a buscarlo al inconsciente, allí donde no hay bueno ni malo pues no hay dualidad, sólo se atienden requerimientos y se producen respuestas a ellos. 

Tercero y fundamental, es tomar conciencia de que en el fondo la enfermedad siempre nos muestra un aprendizaje “oculto” que es preciso integrar y traer a la conciencia de manera coherente (es decir, donde pensamiento, emoción y acto vayan en la misma dirección y no cada uno por su lado). A fin de cuentas podemos pensar en la enfermedad como en un aprendizaje que pide nuestra atención y que trae implícito un mensaje de conciencia para nosotros: es como si nos indicara que en algún aspecto de nuestra vida algo se nos desbordó, y la lección que encierra esa situación ahora es preciso rescatarla desde el inconsciente y aprenderla pero impulsados ahora por el modo generalmente desagradable del síntoma. Sólo de esta manera podemos sacar auténtico provecho de esta experiencia y podremos decir que nos hemos apropiado del “para qué” de la enfermedad, liberando de este modo a nuestro cuerpo de escenificarnos ese conflicto en clave biológica. A fin de cuentas, la enfermedad es siempre un mensajero de conciencia, que nosotros mismos/as hemos creado inadvertidamente. 

Incluso estos pocos puntos principales ya muestran que el paradigma en que podemos comenzar a comprender lo que hay tras el proceso que llamamos enfermedad dista mucho de todo el acervo de conocimiento que parte desde la filosofía del miedo presente en el inconsciente colectivo en sociedades como la nuestra y usualmente reflejado aún por estructuras académicas y culturales en gran parte desactualizadas a los tiempos que corren, tiempos en los que el asumir la responsabilidad por nuestras creaciones vivenciales parece ser el camino óptimo que la vida nos invita a seguir, momento a momento.

jueves, 19 de abril de 2018

Preguntas Frecuentes Decodificación Biológica

Hola! A continuación algunas preguntas frecuentes acerca de la sesión de Decodificación biológica: qué es, desde dónde parte, qué se busca en ella, en qué consiste y en qué no, etc.
 

1-¿Qué es la Decodificación biológica?

La decodificación biológica estudia el origen emocional de la enfermedad, entendiendo a ésta como una respuesta adaptativa de supervivencia ante un sobre-estrés (impacto emocional) inusual, inesperado, vivido como dramático o conflictivo, que desencadena una respuesta biológica en el cuerpo, bajo las órdenes de nuestro cerebro automático. Esta respuesta biológica será la que consistirá en modificaciones adaptativas en determinados órganos o tejidos, que luego percibiremos como síntomas y es lo que habitualmente conocemos como “enfermedad”.

En la sesión, se recibe a un consultante que viene con un diagnóstico médico para su enfermedad, y a partir de éste vamos en busca del origen emocional conflictivo que la ha desencadenado, mostrándole entonces a la persona cómo es que armó la enfermedad, para que así pueda desencadenar un proceso -mediante un plan de acción a seguir en cada caso- que culmine con una toma de conciencia profunda de esta información. Al pasar aquella información al manejo consciente y solucionar dicho origen emocional conflictivo integrando los aprendizajes y posibles reenfoques de perspectiva que esa situación requiera, el síntoma biológico deja de tener un propósito y un sentido, y por lo tanto, el cerebro automático ya puede desactivar la enfermedad. Toda enfermedad tiene un “por qué” y un “para qué”. Esto es lo primero que buscamos en consulta.


2-¿A quiénes va dirigida esta terapia?
A toda persona que tenga alguna enfermedad (debidamente diagnosticada por un médico) o algún comportamiento limitante/conflictivo y que desee considerar este enfoque.

 
3-¿Es la Decodificación biológica una terapia complementaria o reemplaza a la medicina convencional?¿me recetarán algún medicamento?

La decodificación biológica es una terapia complementaria a la medicina convencional o a otro tipo de tratamiento médico que el consultante esté realizando. Por lo tanto, no sustituye el tratamiento médico, sino que lo complementa, buscando las respuestas que el mundo médico convencional suele eludir, al estar centrado básicamente en el tratamiento de síntomas. Por lo tanto, no es función del decodificador el prescribir medicamentos, ordenar un tratamiento o internar/dar de alta a un consultante.


4-¿Se parece a la psicoterapia, entonces? ¿Cuál es la diferencia?
La decodificación biológica toma en cuenta no sólo la parte psicológica y emocional de cada persona, sino también la parte biológica (de ahí su nombre), lo que permite ir de manera bastante directa a la raíz de lo que se busca, gracias a lo que muestra el síntoma. Por otro lado, en decodificación no nos  focalizamos únicamente en las historias que nos cuenta la mente consciente ni nos dejamos seducir por ellas, sino que vamos directamente a buscar la historia inconsciente detrás del síntoma o el bloqueo, lo que nos ahorra muchas vueltas y mucho tiempo, entendiendo que un proceso terapéutico necesita del trabajo con el inconsciente y no sólo con la mente racional consciente.
 
 5-¿Cuántas sesiones se requieren para revisar un motivo de consulta?

En la primera sesión comenzamos el abordaje del motivo de consulta. Según los requerimientos y circunstancias de cada caso, el plan de acción a seguir y el número de sesiones restantes se informa al finalizar la primera sesión. De forma referencial, un motivo de consulta toma entre 1-5 sesiones con un espaciamiento de 10-15 días entre cada una para procesar e integrar los contenidos de cada sesión, así como realizar las tareas propuestas entre sesiones.

 

6-Estoy siguiendo otras terapias ¿es la decodificación biológica compatible con ellas?

Sí, cada una trabaja de forma distinta con sus propias herramientas en pos del bienestar del consultante.


7-¿Por qué “consultante” y no “paciente”
?

Porque así como la enfermedad fue desencadenada por la persona a través de su cerebro automático en respuesta a un sobre-estrés inusual, no habitual frente a una vivencia conflictiva, es la misma persona quien puede desactivarla, por lo que entonces tiene un rol activo en el proceso. Mi función como decodificador es acompañarla en la búsqueda y entrada en conciencia de dicha vivencia conflictiva para así desencadenar su curación y reencuadre de vida allí donde sea necesario.


jueves, 12 de abril de 2018

Leer una Carta astral



Los detalles tienen sentido cuando se observan desde la totalidad
Ante la proliferación de información astrológica de toda índole en internet, y antes las preguntas de algunas personas, a continuación quiero aprovechar de comentar brevemente el punto de partida que considero más adecuado a la hora de leer una carta astral.

Como ya he mencionado con anterioridad, en la carta vemos reflejado nuestro proyecto de vida con todos sus potenciales. Esto incluye aprendizajes que el alma desea revisar, “retos” derivados de estas circunstancias, algo de nuestra configuración energética, psíquica y emocional, aquello que nos puede parecer una dificultad o que nos dé miedo integrar, también aquello en lo que seguramente fluimos con docilidad, algunos puntos críticos o momentos de cambio en nuestras trayectorias vitales, y un largo etcétera.

De lo anterior considero que es de total relevancia que el astrólogo sea capaz de hacer una síntesis coherente de este proyecto de vida que integre sus diferentes elementos (posiciones planetarias, signos, casas, aspectos, tránsitos, etc.) en pos de ir a lo esencial del proyecto para recién desde allí ir fluyendo hacia los detalles y diferentes facetas con las que nos podemos encontrar, cosa que requerimos hacer siempre en contacto activo con la persona a quien leemos la carta y no de forma teórica/adivinatoria/especulativa, ya que podemos estar viendo algo que no está realmente allí y/o que no tiene nada que ver con los caminos de vida que esa persona está transitando ni con su proyecto. De otra forma estaríamos prestándonos a una especulación gratuita que no podemos confirmar ni desmentir, y no a una lectura de carta (que es lo que yo, al menos, ofrezco). Una cosa que, por muy elemental que parezca parece que se olvida con frecuencia, es que toda intuición, observación o proposición astrológica requiere ser contrastada con la experiencia, y para eso es necesario no olvidar que estamos leyéndole la carta a alguien (y no estamos simplemente leyendo una carta, en abstracto). Y ese alguien tiene una trayectoria de vida, con experiencias y hechos concretos, un mundo interno, modo de actuar y una presencia energética, todos estos elementos que nos ayudan a verificar o descartar nuestras afirmaciones astrológicas.
 
De aquí que desmenuzar una carta en pedacitos sin haber antes hecho una síntesis coherente del proyecto que ella contiene, a mi criterio no tiene mucho de lectura astrológica. Una cosa es focalizarnos en los detalles (sean estos planetas de gran influencia, casas llenas, aspectos que “destaquen”, etc.) teniendo siempre en cuenta con toda claridad el contexto del cual forman parte y otra muy distinta es pretender que sumando trocito con trocito estaremos leyendo una carta. Ocurre así que mucha de la información que abunda en internet suele generar confusión a quienes, interesándose por la astrología, aún estén en camino de desarrollar un criterio propio basado en la experiencia (de leer cartas, idealmente supervisados por alguien honesto y con experiencia integrada cuando somos estudiantes y, sobre todo, de estudiar y profundizar en la propia carta como herramienta de consulta en nuestro propio camino evolutivo. Así vamos viviendo a través de la experiencia misma y en primera persona qué es y qué no es una carta).

En el ámbito astrológico suele ser bastante sencillo conjeturar con todo tipo de cosas, y hacer que suenen “creíbles” para quien es un lector pasivo (y muchos pudimos haber iniciado de esa manera) pero creo no hay que olvidar que la teoría puede estar genial, pero es aún más genial cuando sirve para algo y es corroborada por la experiencia, y si hay algo que creo es fundamental en una visita al astrólogo es justamente que éste nos recuerde de ir a lo esencial de nuestro proyecto (carta) y a centrarnos desde ahí, desde la esencia en la que vibramos y que a veces tendemos a olvidar.
 
La astrología es finalmente –tal y como la vida- un camino destinado a ser transitado y experimentado, desde lo “concreto” hasta lo más “etéreo” en que nos veamos implicados, y esta experiencia es la que nos servirá de guía para navegar en los matices y facetas y distinguir entre ellas cuáles tienen sentido y resuenan en lo profundo de nosotros. La teoría puede equivocarse. La experiencia no.