miércoles, 30 de mayo de 2018

Lo amplio y lo específico: ¿Cómo se conjugan la astrología y la decodificación biológica?

Mirando al cielo, pero con los pies puestos en la tierra.
Tanto la astrología como el ámbito de la decodificación biológica pueden ser herramientas -junto a muchas otras- de enorme utilidad en cualquier proceso o camino de autodescubrimiento y transformación personal. En mi propia vida, por ejemplo, me ayudan decisivamente a ir encontrando la comprensión y los movimientos que cada paso del camino va requiriendo para poder transitarlo, trabajando así la integridad y la fuerza de la coherencia para recorrerlo de la mejor manera. He notado que muchas veces la inquietud/ansiedad desaparece cuando las piezas caen en su lugar y todo se reafirma lleno de propósito, como si todos los personajes, guiones y escenarios de esa suerte de “obra de teatro” que es finalmente la vida se hiciesen transparentes y dejasen entrever la experiencia y los maravillosos aprendizajes que esta encerraba, más allá de las formas o circunstancias con que se presentasen. Cuando esto sucede, he observado que la paz y la alegría retornan de inmediato a los corazones, antes silenciados por la marea mental del “¿por qué me pasa esto?, ¿por qué de esta manera? ¿qué hago? ¿y cómo lo hago?”. Es una confirmación instantánea y completa, un registro que se siente y no se olvida. Energético, completo y no una divagación mental.

Si bien esta toma de conciencia es instantánea y completa, muchas veces para llegar a ese punto parecemos requerir de un cierto proceso, que más prolongado o intenso será mientras más nos hayamos alejado del plan de vida que nuestra alma trazó, ya sea porque en algún punto nos quedamos anclados mirando al pasado o encerrados en nuestras propias fantasías o idealizaciones de cómo deberían ser las cosas. Cuando insistimos en quedarnos focalizados única y exclusivamente en el “pequeño yo”(que algunas personas llaman “ego”), que tiene como tendencia predilecta el ir a decirle a la vida cómo tendría que ser, incluso intentando “corregirla”, se nos dificulta mucho conectar en profundidad con el plan que nuestra alma ideó, por el sencillo motivo de que los intereses y prioridades del alma son bastante diferentes a las de aquellos personajes y “pequeños yoes” que todos/as tenemos por ahí.

Tomemos por ejemplo las relaciones de pareja. Está muy arraigada en el inconsciente colectivo de muchas culturas la idea de que “una relación de pareja es exitosa si dura una determinada cantidad de tiempo”, o dicho al contrario, que si una relación de pareja dura “poco”, entonces fue un fracaso. Estas son creencias culturales, basadas en la idea de asociar éxito a la permanencia de un vínculo, donde dicha permanencia en el tiempo se vuelve lo más importante. Y luego solemos tomar este criterio rígido como vara de éxito a aplicar en nuestras relaciones personales, con el consiguiente costo emocional si es que sentimos que no lo satisfacemos. Suena bastante absurdo en el papel, pero mientras no estemos encarnando con fuerza los intereses de nuestra alma, tendemos a dejarnos contaminar por este tipo de creencias. Y ni nos percatamos.

Y en realidad tal vez había un acuerdo de almas o una resonancia en que mediante esa relación trabajábamos la pérdida, la excesiva dependencia emocional, la ira, el poder, el manejo energético de la intensidad, de las emociones o de los celos, la conexión a todo nivel y no sólo física… tal vez cerrábamos un vínculo de muchas vidas que ahora cambia de forma y se transforma a una nueva realidad, quizás esa pareja nos ayudó a trabajarnos el apego/desapego, tal vez nos mostró que el amor tiene muy poco que ver con las formas, o había un acuerdo para desarrollar un proyecto común; quizás nos ayudó a entender vivencialmente que el amor no muere y sólo cambia de formas aunque la relación termine, o quizás simplemente estábamos experimentando el amor en el formato pareja. Estas pueden ser profundas experiencias con las que el alma vibre en su camino siempre expansivo y pueden tener muy poco que ver con los criterios con los que habitualmente nos manejamos. A veces esa relación tuvo un lugar puntual y preciso en un instante de nuestra vida y ya está, se vivió y se experimentó tal como podría ser y esto es un éxito tremendo que trae una dicha enorme a nuestra alma… pero allí estamos nosotros midiendo esa experiencia con varas o parámetros que poco o nada tienen que ver con esos propósitos profundos. En ocasiones ese encuentro de almas se vive exitosamente en un instante, en un día, en un año o en toda la vida. El tiempo –más allá de su uso práctico- no existe y lo que no existe no puede tener demasiada relevancia en el mundo de “lo que es”. El éxito de una experiencia depende de lo que identifiquemos como éxito. A menudo llamamos fracaso al éxito, o éxito al fracaso.

La carta astral nos da una mano en recordar por dónde va el plan original trazado por el alma para esta vida precisa y por dónde pueden presentarse los principales aprendizajes y desafíos en los que focalizarnos, ya que junto a ellos viene aparejada la mayor dicha (o, cuando menos, la paz interna), simplemente porque estaremos en sintonía con los propósitos de nuestra alma. Es como mirar al panorama “macro” en donde no hay coincidencias sino sincronías y procesos, donde no hay víctimas ni agresores, sino experiencias elegidas y donde no hay caos sino libertad dentro de un gran esquema.

Y por otro lado, la decodificación biológica y sus herramientas pueden orientarnos en el ámbito de lo preciso, de aquello que por el motivo que sea (bloqueos, fidelidades familiares inconscientes, cargas ajenas, miedos grabados en el inconsciente) pueda estar dificultándonos reconectar con ese plan de vida desplegado en la carta. Nos ayuda a desencadenar una toma de conciencia de los contenidos inconscientes que puedan dificultarnos asumir nuestra individualidad. Nos asiste en dar el paso que corresponda ahora mismo dentro de los posibles caminos de vida trazados y reflejados potencialmente en la carta natal. Ayuda a “aterrizar” lo macro dentro de lo preciso.

Si sabemos para dónde vamos y en qué consiste cada paso a medida que se va desplegando en nuestro presente, podemos transitar nuestro pasar por la vida mucho más en conciencia. Y la conciencia, como se sabe, trae aparejadas una paz y una alegría radiantes y expansivas, no condicionadas a las circunstancias, ya que emanan de nuestra alma.

jueves, 24 de mayo de 2018

La curación y el precio a pagar

Desde algún tiempo me resuena con fuerza una frase que oí en una conferencia de Virginia Blanes –disponible en Youtube-, algo que con certeza muchos/as hemos oído alguna vez: “todo tiene un precio”. En su momento me causo un poco de extrañeza dicha afirmación aplicada a un contexto de desarrollo/transformación individual, pero luego de vivir algunas experiencias personales muy intensas y maravillosas –que me exigieron soltar muchísimas resistencias a los cambios- se me hizo evidente lo que en el fondo aquella frase quiere decir en la práctica.
 

¿A qué viene todo esto? Pues bien, con la enfermedad sucede exactamente como indica esta frase y aquello podemos formularlo así: para curarnos hay un precio. La pregunta verdadera es entonces, ¿estamos dispuestos a pagarlo? Cuando se le pregunta a alguien si desea curarse de su enfermedad la respuesta que seguramente recibiremos el 100% de las veces es “Sí”. No obstante, detrás de esa pregunta se esconde la otra, cuya respuesta decidirá en muchos casos (sobre todo en enfermedades como el cáncer, por ejemplo, en que suele haber un conflicto intenso y sostenido en el tiempo) si esto ocurrirá o no: ¿qué precio estás dispuesto a pagar? Es en este punto donde comienzan a aparecer las resistencias, los “sí, pero…”, los “voy a pensarlo” y comienzan las dudas, los temores a soltar nuestra PERCEPCIÓN de cómo creemos que deben ser las cosas para abrirnos a lo desconocido; como mínimo a un cambio de percepción que lleve a experimentar de nueva forma todo lo que estamos viviendo ahora mismo, en nuestro mundo “interno” y en el “exterior”.
 
Pensemos por ejemplo en un enfermo de cáncer de páncreas. Desde la decodificación biológica sabemos que muchas veces estará relacionado con un conflicto asociado a una vivencia de algo ignominioso, una afrenta o “golpe bajo” que la persona no se esperaba, como por ejemplo una traición, una conspiración laboral, una estafa de un socio de la empresa que se va con el dinero, un engaño con vileza, etc. Si esta persona lleva enferma mucho tiempo, sabemos también que su conflicto está allí, sin terminar de resolverse (de no ser así, estaría sano). En consulta se descubre su gran enfado e ira hacia la persona involucrada en dicha traición, enojo que se niega a procesar y liberar (“mientras esa persona no se disculpe de rodillas, jamás perdonaré lo que me hizo. Está muerta para mí”). Pues bien, si esta actitud rígida sigue su curso y la persona no está dispuesta a pagar el precio consistente en el reencuadre y cambio de perspectiva de la situación que experimentó (la traición, en este caso) y abrirse en la terapia a considerar el aprendizaje implícito en lo que vivió y a resolver sus emociones de otra forma, soltando su esquema mental de creencias de cómo deben ser las cosas -“el otro debe pedirme perdón para yo estar bien”-, el síntoma seguirá siendo la respuesta perfecta con la que su cerebro automático gestione biológicamente el conflicto en el que se halla inmerso, en gran medida gracias a su sistema de creencias, que lo prolonga indefinidamente. (recordemos que la mayoría de las veces lo que nos enferma no es lo que nos ocurre, sino la percepción que tenemos y mantenemos de ello). En casos como este, debemos ser muy claros en mostrar que la curación pide un precio (cambio profundo de perspectiva, experimentar de un modo diferente una misma situación) para así responder con toda franqueza si estamos dispuestos a pagarlo o es demasiado elevado para nosotros y preferimos no hacerlo. Parte del aprendizaje de la enfermedad es afrontarnos con esta consulta y resolverla en conciencia. Y la conciencia es radical: sí o no. No hay “medias tintas”. La curación parte con un “sí” total, completo. Sin reservas.

La situación no es distinta en otros ámbitos: quien es dichoso y feliz ejerciendo su vocación, con certeza ha profundizado en aquellos dones que ahora comparte con el mundo y si esto le ha llevado a redefinirse, pues que así sea. En cualquier proceso de cambio que estemos transitando llegará un momento donde la vida nos preguntará: “¿estás dispuesto a pagar el precio que el cambio que deseas implica?” Para cambiar de estado debemos estar dispuestos a tomar aquellas experiencias que la existencia nos ofrecerá para desmontarnos lo que nos limita y obstruye. Ante esto nuestras personalidades se enfadarán y resentirán pues se verán contrariadas al constatar que ahora las cosas se harán de forma diferente a todo lo que tenían por verdades y seguridades absolutas. Esto, si bien puede ser muy incómodo, es un buen síntoma de que algo se está moviendo. Si somos capaces de seguir el proceso –y para esto el acompañamiento terapéutico resulta sumamente relevante- colaborando con dicho movimiento en vez de estorbarle, llegará un momento donde notaremos de que todo era mucho más simple de lo que creíamos y que el precio a pagar consistía en salir de la comodidad de nuestras aparentes certezas y seguridades.
 
Si queremos ir más allá de lo que percibimos como nuestras limitaciones, siempre habrá un precio a pagar, y que una vez hemos dado el “sí” a dicho proceso desde un lugar de totalidad sin reservas, veremos que en realidad solamente perdimos lo que ya no necesitábamos y que ganamos algo esencial; nos ganamos a nosotros mismos en nuestro poder y grandeza de espíritu. Sólo perdimos nuestras autosostenidas visiones de pequeñez con las que nos habíamos identificado. Y nos daremos cuenta de que el único precio a pagar era soltar nuestras ilusiones para abrazar la realidad de ver las cosas como simplemente son, y no como creíamos que tenían que ser. Es dejar de exigirle cosas a la vida para permitir que nos abrace en su infinita calidez y abundancia en la que tenemos todo lo que necesitamos en cada momento para vivir en nuestra paz.