Si buscamos “esfuerzo” en el diccionario, este lo define como el “empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades” o también como el “empleo de elementos costosos en la consecución de algún fin”. Por otro lado, seguro que muchos de nosotros/as hemos oído o nos dijeron cosas del estilo “esfuérzate por lo que quieres buscas/deseas”. O, más enfático aún, “si te esfuerzas duro, serás alguien en la vida” (como si ahora mismo no fueses nadie, dicho sea de paso…).
Y es que desde aquello de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, suerte de decreto asociado al judeocristianismo, que las generaciones que nos precedieron -y las que los precedieron a ellos- tomaron como una verdad establecida, sin cuestionar ni reflexionar acerca de lo que estaban asimilando al hacerlo, el esfuerzo ha calado bastante en el inconsciente colectivo de muchas sociedades, y cuando eso pasa, tiende a convertirse en información que comienza a tomar vida y transferirse entre inconscientes a través de las cadenas genealógicas como un valor dado y tomado por osmosis. Esto hasta que hay quien comienza a examinarlo, cuestionarlo y resignificarlo, por supuesto.
De la definición y de nuestra experiencia vemos que la noción de esfuerzo usualmente viene asociada a algo pesado, gravoso, a vencer resistencias, al sacrificio, etcétera. Es como si tuviese aparejada de por sí alguna clase de carga que hubiese que soportar lo suficiente para conseguir algo (ser alguien en la vida, un objetivo, encontrar tu vocación y lugar en el mundo, etc.).
Pero… ¿es útil la noción de esfuerzo a la hora de hablar de vocación? Si entendemos vocación como todo aquello en que nos sentimos llamados/as a poner nuestras energías y corresponde a la forma en que mejor se expresa nuestra alma (ser interior, espíritu, esencia…) instante a instante, entonces afirmo que la respuesta es no. ¿Por qué? Pues simplemente porque se trata de no perder la conexión con lo que naturalmente emana de la esencia en nosotros, y eso siempre es natural, fluido y no requiere de ningún tipo de esfuerzo ni sacrificio asociado. Es más, muchas veces posicionarnos desde un lugar de deber/obligación (“tengo que ser/hacer/lograr tal o cual cosa”) sólo contribuye a limitar o bloquear dicha conexión, que viene “de fábrica”, dicho sea de paso.
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| Quizás todo es más simple de lo que pensamos. |
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| Los muros hablan ... |
El esfuerzo surge cuando hacemos en desconexión de nuestro ser, obedeciendo a parámetros ajenos a su naturaleza que hemos ido acumulando inadvertidamente. Cuando simplemente somos -y la vida se manifiesta desde allí- no hay esfuerzo. En último término una vocación es simplemente eso: permitir que la vida/la fuente/el universo/dios(a) se manifieste a través de nosotros/as, ya que el poder de crear también está aquí, en nosotros. Y sí, viene “de fábrica”.
Si te haces preguntas como “Y yo, ¿para qué soy bueno/a?”, “¿Cuál es mi vocación?”, “¿Cuál es mi pasión? ¿Cómo o a través de qué actividad puedo conectar con mi felicidad?” Aquí hay algunas sugerencias que podrían orientarte: -Ten en cuenta que el ser viene primero, y el hacer surge desde ahí. En otras palabras, ¿te preguntaste quién estás siendo? ¿Eres quien en el fondo sabes que eres (sí, lo sabes. No te engañes!) o te guías por mandatos? sean estos lealtades inconscientes hacia tu clan, normas sociales, académicas, religiosas, estándares culturales… todas aquellas distracciones del propio potencial.
-No olvidar que siempre tenemos un sistema de guía interna. ¿Cómo te sientes con aquello en lo que pones tu energía? ¿Te sientes pleno, expansivo, apasionado, gozoso, extático, feliz, con deseos de compartir, desaparece el tiempo? Si es así, de seguro que aquello dice mucho de ti y de lo que tienes para compartir y expandirte. Cuando nuestra alma está involucrada vibra en frecuencias como éstas.
-Si no sientes nada de eso en lo que haces ni experimentas alegría al invertir tu energía en ello, dedícate tiempo a ti mismo para observar desde dónde lo haces. Es muy posible que lo estés haciendo desde un mandato que has introyectado (“tengo que”, “debo de”).
-Cuando estamos en el flujo de nuestra alma, podemos cansarnos pero jamás experimentaremos hastío, desazón, ni llegaremos a casa o a la cama agotados con la sensación de que nos han chupado la energía. Si te ocurre frecuentemente esto último, con toda certeza que hay algo en lo que haces que no armoniza con lo que mueve a tu alma. Es un indicador, puesto que cuando lo que somos/hacemos esta en sintonía con ella, las leyes tradicionales de la física se invierten y mientras más hacemos, más energía y entusiasmo tenemos para embarcarnos en nuevos proyectos. Podemos cansarnos, sí, pero los niveles de energía se mantienen altos y en flujo continuo.
-Muchas veces no es lo que hacemos, sino desde dónde lo hacemos lo que marca una total y completa diferencia. No siempre te has equivocado de actividad, sino que simplemente falta encontrar dentro de ella la forma en que tu ser se expresa. Por ejemplo, puede gustarme el piano clásico, pero la rigidez de un conservatorio no va conmigo -ya que también me gustan otras músicas y otras formas de abordar el estudio del piano- por lo que puedo buscar otro modo de hacer que el tocar piano sí sea resonante con lo que siento. Y si dicho modo no existe, puedo crearlo. No siempre encontraremos lo que buscamos en modelos preestablecidos.
-Observa que el modo en que hacemos algo pude cambiar con la práctica y la experiencia. No es estático, es dinámico. Algo que me apasiona y con lo que gozo hoy puede llevarme a otra cosa u a una manera diferente de hacerlo mañana.
-Ten en cuenta que una vocación no tiene por qué concordar necesariamente con lo que existe de la forma que existe. Puede ser algo nuevo, no visto o que no tenga relación con lo que se hace en estructuras establecidas (escuelas, mundo académico, mundo cultural, etc.).
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| Más agua. Para que no nos olvidemos de fluir. |
Siéntate, tómate un tiempo para respirar profundo y observar tu respiración a medida que lo haces. Luego, anota en una hoja aquellas cosas que se te dan fluidamente y que traen aparejada una emoción de bienestar que se activa automáticamente cuando las haces (alegría, gozo, entusiasmo, pasión, éxtasis, etc.). Lo que anotes no tiene que ser sofisticado ni académico, sino muy simple y directo (ejemplos: bailar, conversar, enseñar, ser veloz, cuestionar, descubrir acertijos, comunicar algo a otros/as, ser payaso, analizar, etc.)
Una vez que tengas frente a ti la lista de cosas, tómate el tiempo que necesites para que la pregunta “¿Qué puedo hacer con todas estas habilidades que se me dan naturalmente?” resuene en ti. Visualiza a continuación qué escena viene naturalmente a tu mente. No fuerces nada.
Observa como te sientes en la medida que esas imágenes se despliegan en tu interior. Permíteles mostrarse y expresarse. ¿Sentiste emociones expansivas, gozosas al ver las imágenes? Si es así, es seguro que aquello que viste dice mucho de ti y de cómo se expresa tu alma.
Para finalizar, puedes preguntarte: ¿Te ves aplicando todo eso en alguna actividad? ¿En algo que hagas/inventes? ¿En cuál(es)? Anota tus resultados sin condicionarlos a que se ajusten o no a lo existente. Es posible que te lleves más de alguna sorpresa con lo que salga de ti en esta simple dinámica.



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