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jueves, 13 de febrero de 2020

Cáncer - Su impronta energética


La fase Cáncer de la rueda zodiacal hace referencia al momento en que se forma una capa protectora que contiene, nutre y aísla del exterior al proceso o forma de vida que esté cobijando, para que esta pueda crecer y desarrollarse de forma segura hasta que vaya tomando su forma más desarrollada hasta que luego pueda individuarse y constituirse en un centro creador e irradiante al pasar a la siguiente fase, que es la de Leo, y que representa un momento de individuación (“Yo soy un centro desde del cual irradia la vida”). 

La energía canceriana tiende entonces a contener, a proteger y a formar una capa protectora que aísle lo suficiente de los posibles embates del exterior para que aquello que protege pueda crecer tranquilo, contenido y alimentado emocionalmente con todo lo que necesita para su seguridad y desarrollo. Se trata de una energía de agua, por lo que su dominio innato en el ámbito de lo humano es el mundo de la emoción y del afecto, y es desde allí que se posiciona para decodificar su entorno y vincularse con él. Va por ahí buscando sentir siempre que está dentro de cierta burbuja que le proporcione un ambiente seguro emocionalmente, donde pueda surgir la intimidad y la certeza de que el crecimiento es posible. Y es también desde allí donde puede nutrir o alimentar a otros. Así como Capricornio es un constructor que busca plasmar algo en la materia de forma perdurable, Cáncer es un protector que busca proporcionar un entorno afectivo y material seguro y propicio para que la vida pueda crecer y desarrollarse en su seno, teniendo siempre todo lo necesario a mano. 

Ahora bien, cómo se refleja esto en el caso de nosotros, seres humanos? Porque una cosa es la energía de este campo zodiacal y su rol específico dentro de cada proceso de vida, y otra distinta es cómo la hemos vivido y encarnado nosotros con nuestra humanidad cargada de condicionamientos y moldes culturales. Una energía zodiacal no está exenta de ser vivenciada por nosotros a través de todos estos filtros (o bloqueos!) que surgen desde lo cultural propio de cada rincón del planeta, y Cáncer no es la excepción. En el estado evolutivo actual en que como colectivo humano estamos, lo canceriano no está ajeno a una serie de problemáticas que pueden constituir un tope u obstáculo para el sano desarrollo de todos los otros aspectos y energías presentes en la carta natal de cada persona. Para empezar, ya que esta energía zodiacal tiende a contener y formar una burbuja de protección, hemos vivido lo canceriano como una fuente de apego emocional y afectivo (cuya figura clásica es la familia tradicional, donde hay lealtades y reglas tácitas) y que, de pretender eternizar este ambiente de seguridad emocional, coarta o limita toda posibilidad de crecimiento y de madurez a quienes esté cobijando, puesto que a una cierta edad de desarrollo ya necesitan salir al mundo que es externo a su "bunker" protegido e íntimo, conocer la vida de fuera y los vínculos de todo tipo, equivocarse y cometer sus propios errores y así llegar a sintetizar sus propios aprendizajes de cómo es esa vida, cosa que es del todo difícil cuando la persona se ha puesto en manos de alguna figura maternal o paternal que al estilo canceriano le dice que “Todo estará bien si estás siempre aquí, junto a mí, en tu rincón seguro a salvo de las durezas y rudezas del mundo”. Por lo tanto, para la persona con fuerte presencia de Cáncer en su carta natal, aceptar que los hijos, los amigos y los seres queridos tienen que crecer, madurar y tomar su propio camino, lejos del suyo, constituye un desafío que necesitará transitar. Cuando no lo logra, tenderá a vivir anclado en la nostalgia, recordando los tiempos aquellos donde todos convivían bajo el mismo techo en el mismo hogar y –en su visión- eran felices así, deseando en el fondo que esta imagen nostálgica se prolongase por siempre. 

El excesivo apego y la dependencia emocional entonces requerirán del canceriano/a un buen manejo de sus emociones, capaz de entender que el amor y el cuidado son un regalo que se ofrece a los hijos de la vida, y que no tiene sentido cobrarlo o esperar que venga de vuelta tal como él lo quisiera. Cáncer necesita recordar que el amor (maternal, paternal, de pareja, fraternal, etc…) no está sujeto a condiciones, por lo que si espera y cree tácitamente que “el otro DEBERÁ estar allí para mí sólo porque yo estuve allí para él” (incluso cuando no me lo pidió), entonces en ese mismo instante ha abierto la puerta a la decepción, ya que cada persona tiene su propia vida, y tarde o temprano deberá seguirla. Debe renunciar a la pretensión de dirigir el mundo emocional del otro según su propia conveniencia. 

Debido a sus tendencias protectoras que encierran o aíslan temporalmente a cada forma de vida para que esta crezca, Cáncer tiende a forjar separaciones rígidas en su mente, en las que de un lado está su círculo íntimo, o sea aquellas personas en las que puede confiar que no pondrán en riesgo su seguridad emocional, y del otro lado están todos los demás. De aquí que tienda a encerrarse en una fortaleza emotiva que excluye a quien está fuera únicamente por estar fuera (“el mundo es peligroso”). La vida se encargará de mostrarle que el afecto va más allá de sus barreras, ya que su seguridad emocional depende básicamente de su capacidad de dejar de reclamar asistencia a su entorno y de profundizar en el gran potencial de autosostén emocional que está a la base de su desarrollo. Si el canceriano/a es capaz de pasar del excesivo apego a dicho autosostén emocional, entonces es bastante lo que ha aprendido. 

En definitiva, Cáncer nos incita a lograr la maestría en forjarnos una sólida base emocional, capaz de nutrir, proteger y cuidar la vida para que ella florezca bajo nuestros cuidados en todas sus formas, pero sin olvidar jamás que la vida tiene su propio curso y que un día necesitará dejarnos atrás y salir a terreno abierto. Y cuando llegue ese momento debe evitar sentirlo como una traición (“Yo que te cuidé y te di lo mejor, así me pagas, yéndote y dejándome solo/a?”). Mejor alegrarse por las puertas que se abren y sonreír confiados. Si eso ocurre, será el día en que el canceriano sea capaz de sostenerse emocionalmente, y que entonces no desea volver dependientes a los otros para que lo sustenten, sino que se mantiene en su gran capacidad de gestión emocional feliz de que la vida expanda las fronteras de su mundo afectivo. 


jueves, 24 de mayo de 2018

La curación y el precio a pagar

Desde algún tiempo me resuena con fuerza una frase que oí en una conferencia de Virginia Blanes –disponible en Youtube-, algo que con certeza muchos/as hemos oído alguna vez: “todo tiene un precio”. En su momento me causo un poco de extrañeza dicha afirmación aplicada a un contexto de desarrollo/transformación individual, pero luego de vivir algunas experiencias personales muy intensas y maravillosas –que me exigieron soltar muchísimas resistencias a los cambios- se me hizo evidente lo que en el fondo aquella frase quiere decir en la práctica.
 

¿A qué viene todo esto? Pues bien, con la enfermedad sucede exactamente como indica esta frase y aquello podemos formularlo así: para curarnos hay un precio. La pregunta verdadera es entonces, ¿estamos dispuestos a pagarlo? Cuando se le pregunta a alguien si desea curarse de su enfermedad la respuesta que seguramente recibiremos el 100% de las veces es “Sí”. No obstante, detrás de esa pregunta se esconde la otra, cuya respuesta decidirá en muchos casos (sobre todo en enfermedades como el cáncer, por ejemplo, en que suele haber un conflicto intenso y sostenido en el tiempo) si esto ocurrirá o no: ¿qué precio estás dispuesto a pagar? Es en este punto donde comienzan a aparecer las resistencias, los “sí, pero…”, los “voy a pensarlo” y comienzan las dudas, los temores a soltar nuestra PERCEPCIÓN de cómo creemos que deben ser las cosas para abrirnos a lo desconocido; como mínimo a un cambio de percepción que lleve a experimentar de nueva forma todo lo que estamos viviendo ahora mismo, en nuestro mundo “interno” y en el “exterior”.
 
Pensemos por ejemplo en un enfermo de cáncer de páncreas. Desde la decodificación biológica sabemos que muchas veces estará relacionado con un conflicto asociado a una vivencia de algo ignominioso, una afrenta o “golpe bajo” que la persona no se esperaba, como por ejemplo una traición, una conspiración laboral, una estafa de un socio de la empresa que se va con el dinero, un engaño con vileza, etc. Si esta persona lleva enferma mucho tiempo, sabemos también que su conflicto está allí, sin terminar de resolverse (de no ser así, estaría sano). En consulta se descubre su gran enfado e ira hacia la persona involucrada en dicha traición, enojo que se niega a procesar y liberar (“mientras esa persona no se disculpe de rodillas, jamás perdonaré lo que me hizo. Está muerta para mí”). Pues bien, si esta actitud rígida sigue su curso y la persona no está dispuesta a pagar el precio consistente en el reencuadre y cambio de perspectiva de la situación que experimentó (la traición, en este caso) y abrirse en la terapia a considerar el aprendizaje implícito en lo que vivió y a resolver sus emociones de otra forma, soltando su esquema mental de creencias de cómo deben ser las cosas -“el otro debe pedirme perdón para yo estar bien”-, el síntoma seguirá siendo la respuesta perfecta con la que su cerebro automático gestione biológicamente el conflicto en el que se halla inmerso, en gran medida gracias a su sistema de creencias, que lo prolonga indefinidamente. (recordemos que la mayoría de las veces lo que nos enferma no es lo que nos ocurre, sino la percepción que tenemos y mantenemos de ello). En casos como este, debemos ser muy claros en mostrar que la curación pide un precio (cambio profundo de perspectiva, experimentar de un modo diferente una misma situación) para así responder con toda franqueza si estamos dispuestos a pagarlo o es demasiado elevado para nosotros y preferimos no hacerlo. Parte del aprendizaje de la enfermedad es afrontarnos con esta consulta y resolverla en conciencia. Y la conciencia es radical: sí o no. No hay “medias tintas”. La curación parte con un “sí” total, completo. Sin reservas.

La situación no es distinta en otros ámbitos: quien es dichoso y feliz ejerciendo su vocación, con certeza ha profundizado en aquellos dones que ahora comparte con el mundo y si esto le ha llevado a redefinirse, pues que así sea. En cualquier proceso de cambio que estemos transitando llegará un momento donde la vida nos preguntará: “¿estás dispuesto a pagar el precio que el cambio que deseas implica?” Para cambiar de estado debemos estar dispuestos a tomar aquellas experiencias que la existencia nos ofrecerá para desmontarnos lo que nos limita y obstruye. Ante esto nuestras personalidades se enfadarán y resentirán pues se verán contrariadas al constatar que ahora las cosas se harán de forma diferente a todo lo que tenían por verdades y seguridades absolutas. Esto, si bien puede ser muy incómodo, es un buen síntoma de que algo se está moviendo. Si somos capaces de seguir el proceso –y para esto el acompañamiento terapéutico resulta sumamente relevante- colaborando con dicho movimiento en vez de estorbarle, llegará un momento donde notaremos de que todo era mucho más simple de lo que creíamos y que el precio a pagar consistía en salir de la comodidad de nuestras aparentes certezas y seguridades.
 
Si queremos ir más allá de lo que percibimos como nuestras limitaciones, siempre habrá un precio a pagar, y que una vez hemos dado el “sí” a dicho proceso desde un lugar de totalidad sin reservas, veremos que en realidad solamente perdimos lo que ya no necesitábamos y que ganamos algo esencial; nos ganamos a nosotros mismos en nuestro poder y grandeza de espíritu. Sólo perdimos nuestras autosostenidas visiones de pequeñez con las que nos habíamos identificado. Y nos daremos cuenta de que el único precio a pagar era soltar nuestras ilusiones para abrazar la realidad de ver las cosas como simplemente son, y no como creíamos que tenían que ser. Es dejar de exigirle cosas a la vida para permitir que nos abrace en su infinita calidez y abundancia en la que tenemos todo lo que necesitamos en cada momento para vivir en nuestra paz.