Como oí alguna vez, trabajar = estar bajo una traba. El trabajo entendido como un “deber ser, a través del cual justificar la valía de la propia existencia” ha sido una de las principales herramientas con que se ha esclavizado a la conciencia colectiva humana, implantándosele la idea de que la persona debe “justificar su existencia a través del trabajo”, reforzada por frases tales como “el trabajo dignifica”, como si cada uno/a no fuese digno por el simple hecho de existir y tuviese que salir a “ganarse” la dignidad a través del hacer. Y, más aún la creencia que compartimos colectivamente de que debemos pagar para vivir en el planeta, como si éste fuese un derecho o patrimonio de algunos. En occidente, el judeocristianismo también se alineó con este paradigma del “hacer para ser”, ya que en el pasado fue parte de los grupos dominantes que recogían los frutos del “trabajo” de los otros. Hoy vemos que muchas de estas creencias se mantienen en nuestras líneas familiares, con aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, en donde se descarta de plano que lo que llamamos trabajo pueda estar asociado al disfrute y al placer. Y cuando un miembro de la familia se sale de este esquema y ama y disfruta lo que hace, el inconsciente familiar a menudo se ofusca porque esa persona les está mostrando en su cara que sí se podía hacer lo que ellos no pudieron o no supieron, por lo que tendrán entonces que confrontar su propia frustración al ver que su creencia no tenía bases inamovibles, como ellos pretendían.
No se malentienda, no estoy a favor de la vagancia ni en contra del mercado ni del intercambio energético (el dinero es una forma tangible de este intercambio) a través del hacer, pero simplemente no creo en el trabajo como aquel concepto alienado y contaminado con visiones interesadas de ciertos grupos que han pretendido dominar el colectivo humano para su propio beneficio. Creo en la vocación, entendida su búsqueda y realización como el SER quien se es a través del hacer, para así ocupar el lugar que por derecho propio y con toda naturalidad corresponde a cada uno/a en la vida colectiva o pública, a través de lo que hagamos, sea lo que sea. Hago lo que hago porque me encanta, alimenta a mi alma y ella goza con ese disfrute. Y si eso es de ayuda o de provecho para otros, pues es genial, ya que entonces siento una gran alegría de poder compartir ese gozo.
Por lo tanto hoy más que en el trabajo creo en la vocación, en el expresar lo que soy a través de lo que hago, ya que eso me llena de sentido, de alegría y de entusiasmo, y es entonces la mejor forma que conozco de hacer mi aporte a un cambio de paradigma en que el hacer y el ser vayan juntos (“trabajo sano”).

No hay comentarios:
Publicar un comentario